
EDITORIAL DEL NUMERO 11: Cine y Vanguardias
En el desasosiego generado por la explosión de las Torres Gemelas
de Nueva York, una misma pregunta ha sido incesantemente repetida: ¿cómo es
posible que esos hombres, los terroristas islámicos, sean capaces de ir decididos
a la muerte para alcanzar así su objetivo?
Es sorprendente que el Occidente contemporáneo, tan convencido como se sentía
de haber superado toda ingenuidad –hasta el punto de, por esa vía, haber proclamado
la deconstrucción de sus propios valores fundadores– se muestre en esto, sin
embargo, tan ingenuo. ¿Es que acaso eso no había sucedido ya innumerables veces
a lo largo de la historia? ¿Hemos olvidado que también hubo, y no pocos, occidentales
que, en uno u otro momento, se comportaron así? Y por cierto que, a propósito
de ellos, nunca se planteó una pregunta semejante: eran, sencillamente, héroes.
Pero precisamente: lo hemos olvidado: tales actos no entran en el registro de
lo comprensible de acuerdo con la razón pragmática de la Modernidad. Por eso
se dice: ellos, los terroristas islámicos, están locos.
Y desde el otro lado, desde el del radicalismo islámico, en cambio, se les proclama
héroes: héroes que combaten la demoníaca locura de Occidente.
Pero no hablamos desde el relativismo cultural: hablamos desde el Occidente
al que pertenecemos, del que ha llegado a concebir la vida humana un valor sagrado,
inviolable, cuya plenitud exige como su condición imprescindible la libertad.
Nosotros no podemos, por tanto, reconocer como héroes a aquellos que la odian,
aquellos que la desprecian hasta el exterminio de la vida del otro, del que
no es como ellos. A aquellos, en suma, para quienes no existe la noción de un
hombre universal, por encima de toda etnia, de toda religión y de toda cultura.
Debemos, por eso, combatirlos. Pero no es la mejor vía, para ello, demonizarlos
–es sabido que la palabra locura recubre hoy la región que en el pasado fuera
nombrada como la de lo demoníaco. Y, sin embargo, es casi inevitable, pues se
han convertido en nuestra pesadilla. Es decir: en la pesadilla de Occidente.
Y no, por cierto, en el sentido metafórico: no es que sean, para nosotros, como
una pesadilla. Sino en el literal: son nuestra pesadilla. La encarnan y la realizan
en lo real. Encarnan y realizan en lo real una pesadilla que es la nuestra,
como lo demuestra el hecho de que el acto terrorista del 11 de septiembre haya
sido prefigurado con antelación en forma de múltiples pesadillas cinematográficas.
Por lo demás, en sus orígenes, y en el eje vertebrador de su historia, la religión
islámica nunca fue así. Solo su entrada en crisis, su disolución progresiva
provocada por las tendencias de homogeneización cultural que irradian desde
Occidente, ha conducido a ese agarrotamiento, a esa radicalización extrema.
–Aunque esta palabra, la de radicalización, no es, desde luego, la apropiada:
el islamismo llamado radical no constituye un movimiento de retorno a las raíces
históricas del islamismo mismo, sino que, por el contrario, proclama una religión
islámica que no existió nunca. También en eso se manifiesta como una variante
del nacionalismo excluyente siempre abocado a delirar unos orígenes imaginarios.
Por eso, es un hecho que algo –un eslabón necesario– se ha roto en la cadena
simbólica que, a lo largo de la historia, daba su continuidad a la civilización
islámica. Y es precisamente ahí, en el punto de esa fractura, donde anida el
delirio.
Y ha sido la expansión, la progresiva hegemonía mundial de la cultura de Occidente
la que ha provocado esa fractura y, en esa misma medida, la que ha dado pie
al desencadenamiento de ese delirio.
Es necesario combatir al terrorismo islámico. Pero nada se solucionará en lo
esencial mientras no tenga lugar cierta operación de bricolaje simbólico: la
que permita reinsertar el eslabón ausente de esa cadena.
Y, desde luego, Occidente no podrá colaborar en esa tarea mientras siga irradiando
al exterior ese espejismo de esplendor narcisista en el que, al menos hasta
el 11 de septiembre, ha estado instalado.