
EDITORIAL DEL NÚMERO 2.
Pongamos tres palabras sobre la mesa: corrupción, locura, verdad.
Nadie cuestiona las dos primeras: para todos nombran magnitudes densas, insoslayables,
de nuestra contemporaneidad. Sabemos, desde luego, que se trata de magnitudes
y procesos que se rebelan contra el orden de la razón, más no por ello objetamos
su utilidad, su necesidad, para nombrar lo que nombran.
Y es más, a todo aquello que ellas nombran, le prestamos una especial, una
intensamente interesada atención. Así se constata en los textos que configuran
el paisaje —y el malestar— de nuestra contemporaneidad: los periódicos, las
revistas, las películas y las televisiones se ocupan una y otra vez de la corrupción
y de la locura, y la ausencia de signos de cansancio entre sus públicos indica
bien que ahí, en ello, se localiza una masa considerable de goce.
Se trata, por ejemplo, de ese goce de la corrupción que tan bien se percibe
en las risas oscuras de los contertulios de los debates radiofónicos, en los
siempre ingeniosos y mordaces comentarios de los periódicos, o en los cuerpos
abiertos y desmembrados de los espectáculos informativos y cinematográficos.
En uno u otro caso, en el de la palabra política corrupta, o en los cadáveres
corrompidos, reina un mismo mal olor. Sobre él se levantan buena parte de los
espectáculos de la posmodernidad.
La otra parte, es, desde luego, la locura. Si los delirios psicóticos constituyen
la mina de la que tantos films contemporáneos extraen sus ficciones, la mayor
parte de los programas televisivos que apelan a la coartada del servicio publico
para justificar el magnifico negocio que los reality-shows hacen posible, han
creado una de las mas inquietantes nuevas profesiones: la del especialista en
la búsqueda del loco dispuesto a convertir la exhibición de su locura en espectáculo
televisivo.
De la verdad, en cambio, una vez que el pensamiento de la deconstrucción ha
decretado su futilidad, nadie parece querer saber nada. Diríase que nuestra
contemporaneidad, abismada en el goce de la locura y la corrupción, hubiera
perdido la dimensión de aquello otro que vuelve, a ambas, pensables.
Pero la dimensión de la verdad, es, precisamente, la dimensión de la palabra.
Pues no es cierto que lo propio de la locura sea sin más la incoherencia: es
más bien la quiebra de toda coherencia una vez que se perciben los signos huecos,
vacíos de toda densidad que los sustente, es decir, que permita vivirlos como
palabras verdaderas.
Y lo mismo, después de todo, por lo que a la corrupción se refiere. Pues la
verdad del cadáver solo emerge con la ceremonia de su enterramiento, no para
deshacerse de él, sino para fijar la palabra que le concede su dignidad humana:
la del nombre escrito sobre la lápida —¿cuando recordaremos, en Occidente, que
la primera ley simbólica dicta enterrar a los muertos con la debida ceremonia,
en vez de instalarnos en el sórdido espectáculo, a escala masmedíatica, de su
incesante desenterramiento? —pues, a pesar de que el sepelio haya concluido,
el cadáver insepulto retorna una y otra vez a la pantalla televisiva.
¿Y en la política? Debería ser inútil recordarlo: sólo la voluntad de que
la palabra sustentada sea verdadera puede hacer del espacio político —pues tal
es el espacio que habitamos, en tanto colectividad— otra cosa que ámbito de
encanallamiento.
Diríase que las palabras, ese que es, después de todo, el único patrimonio
de los hombres, se encontraran, en nuestro desconcertado presente, degradadas.
Y que la vivencia de esa degradación concediera a esos fenómenos que mejor lo
manifiestan, la locura, la corrupción, su poder de fascinación.
Deberíamos, entonces, recordarlo: a escala social, sólo la verdad pone freno
a la locura y a la corrupción. O en otros términos: deberíamos recordar que
quien miente destruye un pedazo del mundo y que, por ese agujero, lo real emerge
como siniestro, imponiendo una escenografía de corrupción y de locura.
Pero que no se nos malentienda; por lo que se refiere a nosotros, los que
hacemos la publicación que el lector tiene ahora en sus manos, desde luego no
pretendemos poseer la verdad. Pretendemos tan sólo, con la modestia de nuestro
materialismo laborioso, investigar, buscar las condiciones de su posibilidad.
Pues si compartimos con el pensamiento de la deconstrucción la conciencia
de que nada, en lo real, garantiza verdad absoluta alguna, nos apartamos decididamente
de él allí donde, por ello mismo, se ve abocado a su recusación. Pues si la
verdad no está garantizada, depende de nosotros, de todos y cada uno de nosotros,
los seres humanos, su posibilidad.
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