
EDITORIAL DEL NÚMERO 3.
En lo real, es sabido, no hay fronteras.
Y en ese sentido, desde luego, las fronteras son un hecho cultural: trazan
líneas en lo real, lo ordenan, lo organizan.
Mas no debemos entender la cultura tan sólo como un orden de significaciones:
es, más exactamente, un orden de significaciones destinado a canalizar, a dar
cierta salida a la violencia.
El espacio de civilidad que una frontera hace posible al delimitar el perímetro
de una nación tiene, como su inevitable reverso, la delimitación de un otro
lado, el del extranjero, que es constituido como el foco lícito de la violencia.
Siempre hay motivos que lo sancionen: los de allí, porque no son de aquí, porque
no son de los nuestros, nos amenazan, nos impiden ser del todo nosotros mismos.
Una inapelable ley matemática relaciona el número de fronteras con el número
de ejércitos, de manera que el nacimiento de toda nueva frontera lo es, inevitablemente,
de un nuevo ejercito. Y esa es, por cierto, la pesadilla que late en toda demanda
de autodeterminación nacional.
Mas no debiera entenderse esto, sin embargo, como un juicio expeditivo contra
el que fuera el ideal de la nación —de las naciones. Han sido, acabamos de decirlo,
una forma de cultura, de trazado de líneas ordenadoras, de canalización muchas
veces constructiva de la violencia. De construcción de espacios simbólicos donde
poder morar.
Por lo demás, cierto dato parece incontestable: el retorno de los nacionalismos
posee la misma lógica, aunque contradictoria, que el proceso de la globalización.
No es difícil ver el motivo: porque se trata de la globalización del mercado
capitalista, se salda simultáneamente con un proceso de homogeneización cultural
extraordinariamente erosionado: no conoce otro valor, no posee otra referencia,
que la de ese significante sin significado, y por eso vacío, que es el dinero,
en tanto capital. Los sujetos, entonces, se aferran a lo que encuentran: los
símbolos más arcaicos, vividos como los más alejados del mundo de valores de
la modernidad, de la que ya sólo pueden valorar su lado más negativo, el de
su racionalidad pragmática, desimbolizada.
Es justo, pues, valorar a toda nación: si la hay es porque ciertos actos heroicos
la han forjado. Más, por ello mismo, en cierto momento, debe esperarse, de toda
nación, el acto supremo del heroísmo: el de su propio sacrificio.
Lo que, por cierto, es todo lo contrario de su aniquilación: para poder ofrecerse
como masa de materiales simbólicos con los que forjar una más vasta nación,
debe cuidar su propia memoria: atesorar las huellas de su pasado y mantenerlas
vivas en lo posible para que así puedan contribuir a la emergencia de esa nueva,
más integradora nación.
Y, por qué no decirlo de una vez: a estas alturas de la insólita historia
de nuestra especie, la única nación digna de ese nombre debe ser lo suficientemente
grande como para acoger a todos los hombres.
—No porque creamos ingenuamente en la desaparición de la violencia, sino porque
pensamos que es necesaria y posible la alquimia capaz de conducir la violencia
—es decir: la pulsión que nos habita— hacia su autentico destino: el de la faz
inhumana de lo real. Evitando de una vez por todas la cobardía de intentar taparla
con el rostro del otro.
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