EDITORIAL DEL NÚMERO 4.
La lenta panorámica que ofrecieron las televisiones aquel 13
de febrero de 1998 parecía detener, siquiera por unos instantes, la constante
aceleración, siempre hiperexcitada, del flujo televisivo.
Mostraba a un grupo de hombres y mujeres -miembros, todos ellos, del entonces
recién constituido Foro Ermua- sentados frente a la cámara. Estaban callados,
mas no porque no tuvieran nada que decir, sino porque acababan de hacerlo: de
decirlo, escribirlo, firmarlo y recitarlo. Pero sobre todo porque el silencio
que seguía a ese acto constituía, a su vez, un nuevo acto: el acto de permanecer
ahí, sustentando, con su presencia, sus palabras.
Y eso era, exactamente, lo que hacían: permanecían quietos, sentados frente
a las cámaras. Por eso en nada era pasiva la tensa densidad de su quietud; poseía,
por el contrario, la fuerza inequívoca de la acción sostenida. Pues, precisamente,
después de haber fijado sus nombres al pie del documento que habían decidido
suscribir, permitían ahora que las huellas de sus rostros fueran apresadas por
las cámaras para ser, en seguida, difundidas por todos los rincones -y clasificadas
en todos, incluso en los más sórdidos ficheros.
Nada, pues, de pasividad. Por el contrario: la extrema firmeza del acto que
sostiene y despliega, en el tiempo y en el espacio, una palabra verdaderamente
asumida. Verdaderamente asumida; es decir, asumida al precio del riesgo que
comporta.
Y de hecho, la tensión, la angustia, el miedo, constituían la vibración más
palpable de aquella lenta panorámica. Mas, desde luego, no estaban muertos de
miedo, sino extraordinariamente vivos —nadie está tan vivo como aquel que afronta
su miedo. Y, por lo demás, el miedo es uno de los umbrales de la verdad. Lo
que puede, también, ser dicho de esta manera: quien, cuando habla, no conoce
miedo alguno, puede estar seguro de encontrarse muy lejos de la verdad. Y todavía:
nada como el miedo afrontado diferencia más nítidamente al héroe del psicópata.
Un miedo vivo, pues, frente al miedo muerto de los muertos de miedo. De los
que, para no afrontar su miedo, miran para otro lado. O de aquellos que, para
no tener miedo, deciden que ya no creen en nada y que, por eso, nada va con
ellos —y por cierto, pocas cosas tan escalofriantes como esa: que nada va con
ellos. O el de aquellos otros que, en vez de afrontar su miedo, lo instalan
en el núcleo mismo de sus palabras y sus actos, convertidas, las unas y los
otros, en gestos de pleitesía ante aquellos otros que alimentan la maquinaria
del amedrentamiento.
Y sucede entonces que, porque han sido dichas y sostenidas como actos en el
filo de ese miedo, algunas de las palabras más usadas, aquellas que parecían
haberse convertido en adornos huecos de actos que nada tenían que ver con ellas,
de pronto, recobran su densidad, conmueven, hacen sentir su verdad.
Palabras como estas: democracia, libertad, derecho a la palabra. Sin las cuales,
la palabra paz ya no tiene otro significado que el de un siniestro sarcasmo.
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