EDITORIAL DEL NÚMERO 5: Textos míticos, textos místicos, tientos y reversos.

Alguien, por fin, ha osado decirlo: existe una correlación entre el incremento de las agresiones sexuales que sufren las mujeres y los derechos ciudadanos que han conquistado en las últimas décadas.

El mérito es de José Jiménez Villarejo, -entrevista del 18/10/98 en El país- quien, sin embargo, parece no lograr escapar a los modos de pensamiento a los que cabe atribuir la resistencia a tan obvia constatación.

Pues ésta procede de uno de los ideologemas más resistentes de la Modernidad: el que afirma la bondad natural del ser humano y que atribuye, por eso, la violencia a errores, a disfunciones, a equivocados diseños de lo social. Su especial resistencia, su aparente incuestionabilidad, se halla por lo demás ligada a su feliz instalación en el discurso feminista dominante, ese que postula la igualdad de los sexos -es decir, ese que, contra toda evidencia, niega la diferencia- y que ve, en toda manifestación de desigualdad, la condición inevitable de la violencia.

Se tiende, así, a dar por hecho que la desaparición de las desigualdades supondría la extinción misma de la violencia, en cuanto desaparecería, con ellas, las condiciones de su posibilidad.

Los hechos, sin embargo, indican lo contrario. Confirman, una vez más, la inanidad de aquel ideologema. Y obligan a cuestionar las teorías de lo social que se han constituido en torno a él, convirtiéndolo con su punto ciego.

Es por eso éste un momento oportuno para recordar la importancia de la reflexión teórica sobre lo social: su utilidad, su carácter eminentemente práctico. Pues nos parece hoy evidente que, si no se abre en profundidad el debate teórico que permita encuadrar más correctamente el asunto de la violencia sexual, si no se remueven las teorías que se han afirmado sobre el ideologema del buen salvaje, sólo queda, frente a ese inesperado incremento de la violencia que padecen ahora las mujeres y, a través de ellas, todo el tejido social, el exorcismo de la condena -incluidas las exigencias de legislaciones más represivas.

Por nuestra parte, frente a tal debate que consideramos urgente y que, por eso mismo, nos comprometemos a abordar en el próximo número de Trama&Fondo, queremos proponer un par de hipótesis diferentes, decididas a discutir frontalmente el ideologema de la igualdad.

Pensamos que la violencia forma parte inexorable de lo real -pues constatamos que su roce siempre nos violenta. Tendemos, por eso, en lo posible, a amortiguarlo -las tecnologías del confort, el Estado del bienestar son, de ello, manifestaciones consecuentes. Pero sabemos también, aunque tendamos a ignorarlo, que, a la vez, algo en nosotros -Freud lo llamaba pulsión- nos empuja hacia la violencia -¿no es acaso una evidente prueba de ello el que llenemos los cines donde los espectáculos de las violencias más extremas se renuevan una y otra vez?

Pensamos, por eso, que postular la supresión de la violencia es tan absurdo -y, finalmente, tan ingenuamente narcisista- como postular la supresión de lo real. Por el contrario: la violencia nos rodea y nos habita, como nos rodea un áspero mundo real y como nos constituye un cuerpo no menos real, áspero e inquietante.

Y por eso, porque lo real es la violencia misma, la violencia late siempre, necesariamente, en ese contacto con el cuerpo real del otro -tanto más real cuanto más otro- que tiene lugar en la experiencia sexual.

Negar la violencia en la relación sexual, concebir ésta como no otra cosa que una suerte de placentero deporte entre iguales, no es sólo un espejismo imaginario: es, además, un grave error que conduce al retorno inesperado, y totalmente desencauzado, de una violencia siempre más letal.

Estás son, por eso, las hipótesis que avanzamos para ese debate que desde ahora proponemos. Primero, que porque es lo real lo que está en juego en el encuentro sexual con el cuerpo del otro, no puede haber, ahí, igualdad posible. Y segundo, pues de ello se deduce, la conveniencia de que el acceso a ese encuentro, por lo demás necesario, sea guiado, configurado, por una simbólica de la diferencia sexual que permita, a la vez, dar salida y canalizar esa violencia siempre inevitable -y, por lo demás, deseada. Y deseable.

Simbolizarla, aquí, no quiere significar tan sólo encuadrarla, canalizarla, sino también elaborarla: hacerla finalmente fecunda. ¿Pues de dónde, si no, podríamos obtener energía?