
EDITORIAL DEL NÚMERO 6: Violencia real y violencia presentada.
Sin duda, los mismos que se indignan contra la fiesta taurina
rechazan la violencia que se manifiesta una y otra vez en los estadios de fútbol.
A la vez que se manifiestan activamente contra la primera, reclaman medidas
radicales para suprimir las agresiones que se suceden y crecen en los segundos.
Y, en ambos casos, reclaman legislaciones restrictivas, a más de demandar de
las fuerzas del orden su intervención decidida. Pero diríase que la intensidad
de su común indignación vedara en ellos la ecuanimidad necesaria para el análisis.
Pues sucede que existen algunas diferencias palmarias.
Así, la violencia que sin duda se manifiesta en la fiesta de los toros tiene
lugar, tan sólo, en el centro del ruedo. Ninguna, en cambio, entre sus espectadores.
Pues estos, cultivadores de una ya antigua ritualidad, la respetan minuciosamente.
Demuestran saber, incluso, beber sin emborracharse, y es por ello del todo innecesario
que les sea prohibido introducir sus botas de vino en el recinto de la fiesta,
como sucede ya en los estadios futbolísticos. Y, por supuesto, nadie ha pensado
necesario levantar allí las alambradas concentracionarias que se consideran
imprescindibles para enjaular a los violentos aficionados del fútbol.
Y, sin embargo, huelga detenerse en lo apacible, escasamente
violento, del deporte futbolístico en sí: en él la agresividad de los jugadores
está sometida a reglas del todo precisas, además de a las exigencias de la armonización
del juego en equipo y, sobre todo, a lo contenido de su metáfora central: no
más que meter goles en la portería del equipo contrario. Nadie en su sano juicio,
desde luego, abogaría por la prohibición de tal deporte.
Esta es, entonces, la cuestión que queremos suscitar:
¿cómo es posible que deporte tan sensato y civilizado como éste pueda generar
en su entorno tan agria, cuando no letal, violencia, mientras que nada parecido
se manifiesta en la fiesta taurina, donde sin embargo la muerte del toro es
siempre convocada y donde los riesgos para la vida del torero alcanzan una intensidad
inimaginable en el caso del futbolista?
¿No será acaso precisamente por eso, porque la violencia
que late inexorable en la condición humana es asumida e integrada en el núcleo
mismo de la fiesta taurina y, a la vez, ritualizada al modo de una ceremonia
y de un arte que permite contenerla dentro de los límites que el ritual mismo
ciñe? Hay algo más, desde luego: que en la fiesta la violencia se focaliza no
sobre el equipo contrario -de otra nación, o de otro pueblo, o incluso de otro
barrio- sino contra un animal de otra especie, el toro, por el que, a la vez,
se manifiesta el más extraordinario respeto: es hoy, seguramente, el último
animal totémico que sobrevive en el mundo de la Modernidad.
Por eso, incluso los que rechazan toda violencia, aquellos
que conciben la idea de un mundo donde ésta pudiera ser del todo suprimida,
quizás debieran, provisionalmente, y desde el punto de vista de la apaciguación
de la violencia inmediata dirigida contra miembros de nuestra propia especie,
pensar en la utilidad de promover la fiesta taurina como un modelo mucho menos
letal que el que se manifiesta en el ámbito de los espectáculos futbolísticos.
Y si eso es mucho pedirles, deberían, al menos, reconocer
que nada hay tan disparatado como pretender prohibir a los menores asistir a
la fiesta acompañados de sus padres. Pues tal medida no tendría otro efecto
que cortacircuitar el proceso de transmisión y aprendizaje de esa ritualidad,
de padres a hijos, de la que, lamentablemente, tan poco sobrevive hoy en el
mundo del fútbol.
He aquí, en todo caso, otro ámbito donde el análisis textual,
la exploración detenida de las constelaciones simbólicas que los textos configuran,
debiera preceder a la apresurada toma de medidas que sólo se apoyan en los lugares
comunes de la ideología de la modernidad. Sobre todo cuando resulta obvio que
estos conducen a las más evidentes contradicciones. Así, por ejemplo, ésta:
a la vez que, apelando a la libertad y a la responsabilidad de los progenitores,
se han eliminado las últimas restricciones de acceso de los niños a las salas
cinematográficas, se piensa en introducirlas por la puerta de atrás en el mundo
de los toros. Diríase que se considerara más gravoso para la sensibilidad del
niño contemplar la muerte ritual de un toro que las de seres humanos perpetradas
en serie por la multitud de psicópatas que pueblan las pantallas cinematográficas.
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