
EDITORIAL DEL NÚMRO 8: Nuevas apostillas al discurso televisivo.
La conductora del programa corrige a uno de sus invitados: aquí
no hay morbo, sino información. Si aparece el morbo, afirma, lo será tan sólo
en la mirada del espectador. Así, por ejemplo, añade con aplomo, por lo que
se refiere a las imágenes obtenidas por la cámara instalada en el retrete -que,
en cualquier caso, estará siempre funcionando- sólo serán ofrecidas al espectador
cuando tengan valor informativo. ¿A qué podrá referirse? Lamentablemente, no
nos ofrece -en esta primera emisión del programa- ningún ejemplo que nos permita
profundizar algo más en la línea que, en opinión de Mercedes Milá -exultante
en el comienzo de la gran experiencia-, separa al morbo de la información.
Pero resulta en extremo difícil que pueda creer lo
que dice. Pues ¿no está el morbo escrito, con letras mayúsculas, en el título
mismo del programa? El gran hermano: la televisión realizando la pesadilla que
hace ya muchas décadas imaginara la literatura de ciencia ficción.
Diez personas, durante noventa días, encerradas juntas
en una casa, y permanentemente observadas, durante las 24 horas del día, por
un sinnúmero de cámaras de televisión. Tal es el encuadre de un experimento
que apunta a la abolición absoluta -y a la espectacularización total- de la
intimidad. Incluso cuando se despierten por la mañana y se contemplen en el
espejo del cuarto de baño, una cámara, tras ese mismo espejo, observará como
se miran, verá exactamente lo mismo que ellos ven. Es decir: antes que puedan
recomponer la mascara de su rostro, ese tejido de signos gestuales con los que
cada cual perfila su imagen publica y con los que, simultáneamente, vela su
intimidad, habrán siempre ya ahí unos cuantos miles de espectadores anónimos
mirando.
¿Experiencia de convivencia? En todo caso, de convivencia
perversa: pues, mas allá de las presumibles gestos joviales de los muchachos,
cada uno de ellos sabe que compite contra todos los demás por el premio. Y,
además, que va a ser invitado a delatar periódicamente a sus compañeros, tratando
así de obtener la complicidad de los espectadores sin rostro que le contemplan.
Pues esos espectadores, a los que la conductora del programa identifica literalmente
con el gran hermano que todo lo ve, poseen, dice, el poder democrático de elegir
quien debe ser eliminado. Pues sólo uno, el vencedor de esta dura -e inevitablemente
hipócrita- lucha cobrará finalmente los veinte millones por los que, todos ellos,
aceptan, fascinados por la fantasía de permanecer el mayor tiempo posible en
la televisión, delante de la mirada de todos, vender su intimidad y traicionar
a sus compañeros de convivencia.
Las audiencias pues, finalmente, constituidas en el
gran hermano. Es decir, una suerte de amo absoluto a cuya mirada todo se sacrifica.
Todo, absolutamente todo, las veinticuatro horas del
día, durante noventa días. Y por tanto: también incluso durante el sueño las
cámaras seguirán indagando en sus rostros, apresando y vendiendo los últimos
resquicios de su intimidad a una audiencias que pagan la reconversión de la
intimidad en basura consumiendo -y entregando ellos a su vez, sus dóciles miradas-
a la publicidad que el programa genere. ¿Cómo serán los sueños de esos seres
que incluso mientras duermen se saben espiados?
¿Es posible que ninguna institución proteste? ¿Qué
las organizaciones o los colegios de psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas,
no digan nada?. ¿Qué el defensor del pueblo no se de por enterado?
¿Es posible, en suma, que nadie se de cuenta de que
en el dispositivo de esta tortura libremente aceptada están puestos los medios
para generar una psicosis funcional?